jueves, 2 de mayo de 2013

Informe de la situación concreta (2)


Para hablar del Informe de la Situación Concreta desde el PCdV  he recurrido al libro de Marta Harnecker,  Los conceptos elementales del materialismo histórico, en su edición de 1970.  Nadie podría imaginar que este manual de conversión orgánica de las intensidades sociales  pudiera ser de utilidad, todavía. El capítulo IX: Modo de producción, formación social y coyuntura política es un yacimiento nocional de valor inestimable, que determina el carácter de lo que en artes visuales he denominado –en otros textos- las artes de la excavación.

Es preciso  regresar a los textos antiguos de uso común para recuperar los residuos narrativos que sostienen las actuales ensoñaciones partidarias, en lo que a arte y cultura se refiere. 

Pongo en práctica  un método desviado que  utilicé cuando realizaba estudios en el extranjero y debía enfrentar exigencias académicas inéditas. El desvío está relacionado con unas formas de encubrimiento de mis propias falencias, en cuya elaboración puse tanto esfuerzo que, al final, terminaron por convertirse en una pequeña teoría sustituta, más cercana a la f(r)icción literaria que a la ficción partidaria.

De este modo, la re-lectura de los textos antiguos no puede sino ser gozosa, sobre todo cuando se aborda el estudio de  las pulsiones articulatorias,  que operan en la base  de las estructuras regionales, que a su vez constituyen la estructura global de un modo de producción de conocimiento. 

Encontré en Librería Crisis, esta mañana, el libro inédito de Primo Levi, La búsqueda de las raíces, en cuya contratapa se puede leer el siguiente párrafo: “¿Cuánto le deben nuestras raíces a los libros que hemos leído? Todo, mucho o nada: según el ambiente en el que hayamos nacido, la temperatura de nuestra sangre, el laberinto que la suerte nos haya asignado”.

Harnecker declara en su canónico libro que no es siempre el nivel o estructura económica el que desempeña  el papel dominante, como lo pretenden, a menudo, los vulgarizadores;  si bien, la estructura económica es siempre determinante en última instancia. La distinción entre papel dominante y papel determinante es fundamental para el desarrollo de  la tragedia partidaria durante la dictadura y, luego, en el curso de la transición interminable, para llegar al día de hoy,  a concebir el campo cultural como una sub-región compensatoria de la falta-de-partido.

La acción cultural del Estado –el protocolo de intenciones denominado política  pública- ha sido dominada por  una pulsión orgánica  preventiva destinada a construir condiciones de manejo compensatorio del movimiento social. Para diseñar el levantamiento de este gran aparato de compresión pulsional,  ha sido preciso recurrir al empleo de un léxico accionalista de corte americano, dominado por  la adecuación integradora de colectivos vulnerables. En términos brutales es posible sostener que los “ricos” no necesitan ministerio de cultura, porque pueden convertir  sin mediación alguna sus gustos privados en política pública. La mediación es pensada para los otros.

Buscando respuestas a esta determinación,  no hay nada mejor que abordar una política de gestión desde los efectos de lectura de Etienne Balibar, el compañero de Althusser en Para leer El Capital, cuando se refiere a la teoría de la periodización de los modos de producción y a los desplazamientos nocionales.  Lo que se puede encontrar en este otro yacimiento es una articulación entre objetos del psicoanálisis y del materialismo histórico, planteados como analogías epistemológicas.  De otro modo no hubiese sido posible formular el desvío nocional que conduce al tratamiento del trabajo cultural como práctica compensatoria. 

Desde hace una década, el Estado se ha empeñado en levantar una infraestructura cultural pensada como plan quinquenal,  con una  super-estructura cultural dispensada bajo la forma de un encubrimiento jurídico-político de la pulsión movimientista.

Todo lo anterior resume el marco de una inadecuación que asola el trabajo de las burocracias del encubrimiento, en un momento en que se terminan de construir redes de centros culturales y de teatros por doquier,  haciendo evidente una contracción interpretativa entre centros culturales orientados a la oferta programática de una espectacularización blanda y centros culturales diferidos por el imperativo de un trabajo social  inclusivo en zonas de baja intervención compensatoria del Estado.

¿Cuál es mi posición frente a esta distinción formulada entre aspectos determinantes y dominantes de la infraestructura?  Lo que hago  es combatir el accionalismo americano de la gestión subordinada al mercadeo -que domina en la pragmática culturalista-  desde el nominalismo francés de la ficción  estrategizada.

Al menos, este nominalismo me permite montar una teoría zonal de la práctica institucional,  en referencia a otras prácticas, en este caso, literarias, forjadas como situación polémica entre historia individual e historia general. De este modo, esa teoría zonal aborda la  combinación de acciones de compensación cultural, con acciones de remodelamiento crítico de las relaciones barriales y con acciones de interpelación simbólica de los públicos desde el diagrama de ciertas obras de arte.  Esto obliga a disponer de un instrumental etnográfico-de-bolsillo para el estudio de campo de las proximidades y lejanías barriales, así como de los  procedimientos de recuperación de problemáticas sociales más globales, a nivel de ciudad, como las que atraviesan la inversión corporal-imaginaria  cotidiana  de los adultos mayores. Finalmente, esto exige de parte de las prácticas artísticas una disposición relacional determinada, dispuesta a recomponer  regímenes estéticos ya  inscritos  en  las prácticas sociales.

Lo anterior tiene que ver con la distancia que se establece,  entre el efecto estético de prácticas que no proceden ni se reconocen en el campo del arte y el (d)efecto estético de prácticas artísticas propiamente tales. Esta distancia se verifica, por ejemplo, en la identificación de problemáticas barriales que afectan la vida de comunidades específicas, y tienen su expresión en acciones destinadas a construir relaciones entre un público de mayor amplitud y las comunidades de menor amplitud. Estas acciones toman cuerpo en formatos diversos, animados por el principio de  producir formas de fijación temporal  de experiencias simbólicas que modifican el estado de cosas existente.

Ahora bien: las acciones precedentemente mencionadas solo pueden ser concebidas mediante una operación de lectura, que pasaré a denominar análisis de la situación concreta.  Es decir, apelo a una vieja costumbre intelectual ya convertida en verdadero género literario y que se reconoce hoy día bajo el nombre de Informe de Coyuntura.

Me adelanto en afirmar que esta es mi manera singular de  revertir el daño causado por el defensismo mercado-técnico del accionalismo culturalista americano en el diseño de la superestructura jurídico-política que sostiene el actual modelo de gestión cultural.

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